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LA CONVERSIÓN DE SAN FRANCISCO JAVIER

El compañero Francisco, Pedro Favro, era un joven de corazón limpio y puro que había sido pastor de ovejas en los Alpes. Su compañía le sirvió de ejemplo y espejo donde mirar la verdad de su conciencia.


Sin embargo, la vida y la mentalidad de Javier iban a variar de forma radical, con la llegada de Ignacio de Loyola, quien cambió el rumbo de su existencia.


Ignacio ya era un hombre avanzado en edad, conocía a Dios y vio en Francisco a un hombre listo, vanidoso y ambicioso, con un carácter que, de saber moldear, sería un perfecto instrumento para el plan de Dios.


Trazó su plan, y comenzó la gran tarea de conquistar el alma de Francisco. Dicen que para Ignacio fue el hueso más difícil de roer. Hasta le daba dinero para solventar sus gastos y vicios con el fin de convencerlo y entrarle por otro lado, pero manera. De hecho, dicen que Francisco, cansado de escucharlo, le gritaba: ¡Menos sermones, Ignacio, menos sermones!


Fue entonces que después de mucho tiempo, Francisco accede a hacer los Ejercicios Ignacianos y en uno de ellos lee la cita: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" Y fue el clic que lo hizo dar un vuelco a su corazón.


Cuando se entregó a la causa de Jesús, fue todo generosidad, entrega incansable y fervor. Por eso lo pintan con fuego saliéndole del pecho. Javier fue un apóstol y un gran misionero. Esto lo llevó a soportar grandes tensiones: entre sus deseos y la realidad, entre la comunidad y la soledad, entre la obediencia y la autoridad, entre la oración y la acción... Todas estas dificultades lo empujaron más al amor de Cristo y de sus hermanos.

 
 
 

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